¿Estamos unidos en Cristo?
- info593312
- hace 2 días
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"Sean siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz." — Efesios 4:2-3
La unidad es uno de los mayores desafíos y, al mismo tiempo, una de las más grandes evidencias de la obra de Dios en la vida de los creyentes. Es fácil llevarse bien con quienes piensan como nosotros, tienen nuestra misma personalidad o comparten nuestras preferencias. Sin embargo, la verdadera unidad cristiana se pone a prueba cuando surgen diferencias, desacuerdos o heridas.
Cuando Pablo escribió a la iglesia de Éfeso, no les pidió que crearan unidad, sino que la mantuvieran. La razón es que la unidad ya había sido establecida por Cristo mediante su muerte y resurrección. Todos los creyentes han sido reconciliados con Dios y también llamados a vivir reconciliados entre sí. Por eso, la unidad no se basa en gustos personales, culturas o tradiciones, sino en nuestra relación común con Jesucristo.
Pablo menciona varias cualidades indispensables para preservar esa unidad: humildad, amabilidad, paciencia y tolerancia en amor. Estas virtudes no nacen naturalmente en el corazón humano; son fruto de la obra del Espíritu Santo. La humildad nos ayuda a considerar a los demás antes que a nosotros mismos. La amabilidad suaviza nuestras palabras y acciones. La paciencia nos permite soportar las debilidades de otros sin reaccionar con enojo. La tolerancia en amor nos recuerda que ninguno de nosotros es perfecto y que todos dependemos de la gracia de Dios.
En una iglesia local siempre habrá diferencias de opinión, diferentes trasfondos y distintas maneras de ver ciertos asuntos secundarios. El enemigo sabe que una iglesia dividida pierde fuerza en su testimonio y en su misión. Por eso, muchas veces intenta sembrar orgullo, críticas, resentimientos y conflictos. Sin embargo, cuando los creyentes deciden caminar en humildad y amor, el poder de Dios se manifiesta de manera especial.
La unidad no significa ignorar la verdad ni evitar conversaciones difíciles. Significa tratar a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor con que Cristo nos ha tratado. Significa buscar la reconciliación antes que tener la razón, valorar a las personas más que nuestras preferencias y recordar que todos formamos parte del mismo cuerpo.
Hoy podemos preguntarnos: ¿Estoy contribuyendo a la unidad o a la división? ¿Mis palabras edifican o dañan? ¿Estoy dispuesto a perdonar como Cristo me ha perdonado? La unidad de la iglesia no se preserva por accidente; requiere un esfuerzo intencional y una dependencia constante del Espíritu Santo.
Que Dios nos conceda corazones humildes, pacientes y llenos de amor para que nuestra unidad refleje al mundo la realidad de Cristo. Cuando la iglesia vive unida, el evangelio se hace visible y Dios recibe la gloria que merece.




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