¿A quién temeré?
- info593312
- 30 jul
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El Salmo 27 David escribió estas palabras en un momento de profunda dificultad, probablemente mientras huía del rey Saúl o durante la rebelión de su hijo Absalón. En cualquiera de esos escenarios, vivía perseguido, rodeado de enemigos e incertidumbre. Sin embargo, en lugar de dejarse dominar por el miedo, decidió afirmar su confianza en Dios.
Todos experimentamos temor. Podemos sentir miedo ante una enfermedad, la pérdida del trabajo, un diagnóstico médico, el futuro, nuestros hijos o el rechazo. Vivimos en una sociedad donde el miedo se alimenta constantemente por medio de las noticias y las redes sociales. Sin embargo, el Salmo 27 nos enseña que la respuesta del creyente no es negar la realidad del peligro, sino confiar en un Dios que es mayor que cualquier circunstancia.
La primera enseñanza del salmo es que la confianza en Dios es más grande que nuestros temores. David declara: “El Señor es mi luz, mi salvación y el baluarte de mi vida”. Estas tres expresiones describen el carácter de Dios. Él es nuestra luz porque guía nuestros pasos cuando no sabemos qué hacer; es nuestra salvación porque rescata, sostiene y libra a sus hijos; y es nuestro baluarte o fortaleza porque no solo nos ofrece refugio, sino que también pelea por nosotros. David no afirma que no tenga enemigos; reconoce que existen, pero sabe que Dios es infinitamente superior a ellos. Así como un niño cruza una calle tomado de la mano de su padre sin vivir aterrorizado, el creyente puede caminar con seguridad porque confía más en Dios que en los peligros que enfrenta. La pregunta para nosotros es ¿dónde está depositando realmente nuestra confianza?
La segunda enseñanza es que la presencia de Dios debe convertirse en nuestra mayor prioridad. Sorprendentemente, David no pide primero victoria, protección o justicia. Su mayor deseo es permanecer cerca del Señor y contemplar su hermosura. Esto demuestra que su prioridad no era cambiar las circunstancias, sino disfrutar de la comunión con Dios. David entendía que quien vive en la presencia del Señor puede enfrentar cualquier situación con esperanza. Contemplar la hermosura de Dios significa conocer su santidad, fidelidad, misericordia y gloria. Mientras el mundo se concentra en los problemas, el creyente debe aprender a fijar sus ojos en Dios. Por el ejemplo Pedro iba caminando sobre el agua: mientras mantuvo la mirada en Jesús permaneció firme, pero cuando puso su atención en el viento y las olas comenzó a hundirse. De igual manera, muchas veces nos pasan esto que, en medio de las situaciones difíciles, problemas debilidades, necesidades, nos quitan nuestro enfoque de Jesús y sentimos más fuerte las olas de problemas en nuestras vidas. No debemos de salir de la presencia de Dios en ningún momento.
La tercera enseñanza enfatiza que la oración nos sostiene en los días difíciles. El mismo David que comienza proclamando una fe firme también clama: “Escúchame, Señor, cuando te invoco”. Esto demuestra que la fe no elimina las emociones ni el dolor. Incluso Jesús expresó su angustia en la cruz, diciendo padre porque me has abandonado. David no esconde sus preguntas ni sus luchas; las lleva delante de Dios en oración. Su ejemplo enseña que confiar en Dios no significa dejar de orar, sino acudir a Él con mayor libertad. Al pedir que Dios escuche, tenga compasión y responda, David reconoce que depende completamente de la gracia divina y espera que el Señor intervenga según su voluntad. El creyente no necesita aparentar fortaleza constante; puede acercarse al Señor con sus dudas, temores y debilidades, sabiendo que Dios escucha con misericordia. Como resume la conocida frase de Corrie ten Boom: “Nunca tengas miedo de confiar un futuro desconocido a un Dios conocido”. La seguridad del creyente no está en conocer el futuro, sino en conocer al Dios que gobierna ese futuro.
Finalmente, el salmo enseña que la esperanza en Dios nos permite perseverar. David termina afirmando con plena seguridad que verá la bondad del Señor “en la tierra de los vivientes”. No habla solamente de una esperanza futura en el cielo, sino de la certeza de que Dios continúa actuando aquí y ahora. Esperar en Dios no significa permanecer pasivos, sino confiar activamente mientras seguimos obedeciendo. Por el ejemplo, en verano mucha gente tienen su huerta, va y compra y siembra una semilla: después de sembrarla, debe regarla, cuidarla y esperar con paciencia sin desenterrarla constantemente para comprobar su crecimiento. De la misma manera, el creyente debe perseverar confiando en que Dios ya está obrando, aun cuando todavía no pueda ver los resultados.
Aplicaciones prácticas
Reemplace el miedo por la confianza en Dios.
Cada vez que una preocupación quiera dominar su mente, recuerde quién es Dios antes de pensar en el tamaño del problema. En lugar de alimentar el temor con pensamientos negativos o noticias constantes, dedique tiempo a recordar las promesas de Dios y entréguele en oración aquello que le preocupa.
Haga de la presencia de Dios su prioridad diaria.
No espere a que llegue una crisis para buscar al Señor. Reserve cada día un tiempo para leer su Palabra, orar y adorar. Cuando nuestra relación con Dios es constante, tendremos la fortaleza necesaria para enfrentar las dificultades cuando estas lleguen.
Espere con paciencia mientras Dios obra.
Quizás hoy está orando por alguien en particular, un matrimonio, un oyente o seguido, una respuesta o una necesidad que aún no ve resuelta. No se desanime ni abandone el camino. Continúe obedeciendo, sirviendo y confiando. Dios sigue obrando, aun cuando sus ojos todavía no puedan verlo. Como dice el mismo salmo: "Espera al Señor; esfuérzate y aliéntese tu corazón; sí, espera al Señor" (Salmo 27:14).
Heriberto Ayala




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