Unidos
- info593312
- 15 jul
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En los últimos días he reflexionado sobre la importancia de la unidad a partir de dos acontecimientos que llamaron mi atención.
El primero surgió durante una entrevista con un amigo que utiliza la música urbana cristiana como herramienta para compartir el evangelio con personas que se identifican con este estilo musical. Recientemente lanzó una canción inspirada en la Copa Mundial de Fútbol con un mensaje de unidad, expresado en frases como: "El mundo unido por una pelota" y "Que la camiseta siempre sea amor". (https://www.encuentro.ca/encuentro/episode/c64835a8/1632enc-compartir-el-evangelio-por-medio-de-la-musica-urbana).
Durante nuestra conversación, Joel mencionó que hoy es más necesario que nunca hablar de la unidad, porque muchas veces cada iglesia, ministerio o creyente se enfoca únicamente en su propio entorno y en sus propios proyectos, dejando de lado la colaboración con otros para fortalecer la proclamación del evangelio.
En el ambiente del fútbol, entre risas, colores y celebraciones, podemos observar que un equipo unido tiene mayores posibilidades de alcanzar la victoria. Más allá de las opiniones a favor o en contra de un Mundial, sigue siendo un deporte que despierta grandes emociones: unos celebran y otros experimentan la tristeza de la derrota.
Si pensamos en los 48 equipos y los 1.248 jugadores que participan en esta competencia mundialista, resulta evidente que ninguno podría aspirar al éxito sin preparación, disciplina y unidad. Si cada jugador decidiera llevar el balón hacia una portería diferente, el equipo simplemente fracasaría. Esta ilustración también puede aplicarse al ministerio cristiano: sin unidad, es imposible avanzar hacia un mismo propósito.
El segundo acontecimiento que me llevó a reflexionar fue el reciente terremoto ocurrido en Venezuela. Los equipos de rescate tuvieron que coordinar cuidadosamente cada detalle de sus operaciones. Solo mediante la unidad, la organización y el trabajo conjunto pudieron cumplir su objetivo: rescatar a quienes permanecían atrapados bajo los escombros y salvar vidas.
Además, personas e instituciones de distintos países, conocidas y anónimas, se unieron para enviar ayuda y brindar esperanza a quienes más lo necesitaban. Ese espíritu de cooperación me llevó a una pregunta importante: ¿cómo estamos viviendo la unidad dentro de nuestras iglesias y entre las diferentes denominaciones evangélicas?
La unidad no es una idea creada por el ser humano; es el deseo del corazón de Cristo para su Iglesia. Antes de ir a la cruz, Jesús elevó una oración al Padre diciendo: "Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste" (Juan 17:21). La unidad de los creyentes no solo fortalece la Iglesia, sino que también constituye un poderoso testimonio para quienes aún no conocen a Cristo.
El apóstol Pablo también exhorta a los creyentes: "Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Un cuerpo, y un Espíritu... un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos" (Efesios 4:3-6). Nuestra diversidad de dones, ministerios y denominaciones no debería dividirnos, sino enriquecernos mientras servimos al mismo Señor y proclamamos el mismo evangelio.
En el ministerio, como en un equipo de fútbol o en una misión de rescate, el éxito no depende del esfuerzo aislado de una persona, sino de hombres y mujeres que avanzan juntos hacia un mismo objetivo. Dios no nos llamó a competir entre nosotros, sino a colaborar para que más personas conozcan a Jesucristo.
En Encuentro somos testigos de esta realidad cada día. Iglesias, emisoras de radio, ministerios, productores, voluntarios y oyentes, desde diferentes países y contextos, trabajan unidos para que el mensaje del evangelio siga cruzando fronteras. Cuando dejamos de lado nuestras diferencias y ponemos a Cristo en el centro, descubrimos que somos mucho más fuertes juntos que separados.
Que esta reflexión nos desafíe a mirar más allá de nuestros propios proyectos y a preguntarnos: ¿estoy construyendo puentes o levantando barreras? ¿Estoy buscando mi propio reconocimiento o el crecimiento del Reino de Dios?
El salmista declaró: "¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!" (Salmo 133:1). Esa armonía sigue siendo posible cuando Cristo ocupa el primer lugar en nuestras vidas.
La unidad no significa que todos pensemos igual, sino que todos caminemos hacia la misma meta. Cuando Cristo es nuestro centro, las diferencias dejan de ser obstáculos y se convierten en oportunidades para complementarnos. Un mundo dividido necesita ver una Iglesia unida. Que nuestras palabras, nuestras acciones y nuestros ministerios reflejen el amor de Aquel que nos llamó a ser un solo cuerpo para anunciar una sola esperanza: Jesucristo.
Heriberto Ayala




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